Bienvenidos a Miradas de un Psiquiatra

Bienvenidos a Miradas de un Psiquiatra

Esta es la primera de las múltiples “Miradas de un psiquiatra”, gracias a la iniciativa y el apoyo imprescindible del amigo y colega Dr. Israel Manuel Fagundo. Seguiré la línea que me inspiró desde las primeras ideas para publicar esta columna: la observación del mundo exterior, matizada por una profesión que ejerzo ya desde los comienzos de la década del 70, con la cual contacté mucho antes cuando era un joven estudiante de medicina y que me ha permitido comprender un poco mejor lo que me rodea y también a mí mismo.

Todo comenzó hace mucho tiempo, cuando siendo adolescente, casi un niño, leí por primera vez una obra de divulgación científica popular acerca de las ideas de Sigmund Freud. 

Sigmund Freud, médico neurólogo austriaco, padre del psicoanálisis y una de las mayores figuras intelectuales del siglo XX. 

Quizás sin comprenderlo todo, me fascinaron los conceptos formulados por aquel señor, entonces desconocido para mí. Recuerdo que lo compré en una especie de quincalla, donde se encontraban mezclados los más disímiles objetos, desde comics, “novelitas de relajo”, hasta una obra de Shakespeare, y el mencionado resumen sobre el psicoanalista vienés, acumulados todos como por arte de magia en una pequeña porción de espacio, reunidos por su dueño, donde se vendían no sólo libros sino también fosforeras, cortaúñas, entre otras muchas cosas.

Al propietario todos en el pequeño pueblo de campo donde vivíamos, lo llamaban “Cuco, el Cojo”. Arrastraba su pierna derecha, era obeso, tranquilo, pausado, pícnico, con un ayudante para la venta: un joven y amable mulato, a quien no he visto más en mis esporádicas visitas a la tierra natal. Si la memoria no me traiciona se llamaba o se llama Rey. Ya Cuco sólo vive en el recuerdo de los más viejos y la quincalla ha desaparecido.

Si soy integralmente agradecido debo el nacimiento de una vocación por la Psiquiatría, que no se ha apagado desde entonces, a Sigmund Freud y a “Cuco el Cojo”. Es evidente que ambos lo ignoran. Estudié Medicina con el ánimo de convertirme en psiquiatra y lo logré, a pesar de algunos escollos, que contaré algún otro día. Nuevas circunstancias económicas y sociales permitieron al hijo de un cortador de caña y una conserje de escuela, vendedora de melcochas y granizado, cumplir ese extraño sueño infanto-adolescente de convertirse en psiquiatra.

Soy el orgulloso hijo de Acelia y “Tata”. Quizás hubiera devenido en psicoanalista, pero esas mismas circunstancias sociales impidieron, en cierta medida, ese deseo inicial… de lo cual ahora me alegro, pues a través del tiempo fui modificando mi fe original, conservando aquello que aún considero válido.

Adentrarme en el mundo de la historia y la cultura en general me abrió una nueva perspectiva, por lo que ahora quisiera que “Miradas” fuera esa amplia representación del acontecer humano, contemplado desde una profesión que elegí hace mucho tiempo y que me hace feliz en su ejercicio cotidiano, a pesar de aquella frase que escuché varias veces repetir en el transcurso de mis estudios médicos: “El cirujano no sabe pero resuelve, el clínico sabe pero no resuelve y el psiquiatra ni sabe ni resuelve”. Es una frase cargada de prejuicios y estigmatizante para una profesión en la que he conocido a algunas de las mejores personas del mundo, con un infinito deseo de ayudar a los otros, inteligentes y talentosas.

“Miradas” no sólo hablará de Psiquiatría y Salud Mental; se asomará al mundo desde una visión amplia, con criterios que a veces puedieran resultar polémicos, y eso resulta bueno porque no hay nada más peligroso y paralizante que la homogeneidad y el discurso único. Entrará en temas de la sociedad, la cultura, la vida cotidiana, recordará a personalidades y hechos, tratará de introducirse con alguna luz en los agujeros negros de la historia, evocará a quienes nos precedieron y entregaron el legado actual de la Psiquiatría, expresado en un lenguaje coloquial, como si ustedes estuvieran imaginariamente sentados en la sala de mi casa.

Eso sí, siempre vestiré la túnica del psiquiatra, con la que elegí cubrirme desde una época lejana, arropado con las telas originales que me proporcionaron Sigmund Freud y Cuco el Cojo.